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Mi experiencia como voluntaria

Hace un tiempo tuve la oportunidad de participar en un voluntariado dedicado a acompañar a personas de la tercera edad. Viajamos hasta Sechura, un trayecto largo que en total nos tomó unas ocho horas, pero que desde el primer momento supe que iba a valer la pena.

La actividad era sencilla en apariencia: pasar un rato bonito con los abuelitos, enseñarles manualidades, conocerlos, preguntarles qué les gustaba hacer. Pero lo que viví ahí fue mucho más que eso.

Lo que más se me quedó grabado fueron sus palabras. Cada uno de ellos nos decía cosas tan motivadoras, tan llenas de sabiduría, que sentía como si a través de ellos alguien más grande nos estuviera hablando. Eran frases sencillas, dichas sin ninguna intención de impresionar, y sin embargo nos llegaban profundamente. Nos hacían sentir bien, acompañados, importantes.

Y llegó el momento de despedirnos. No esperaba que nos abrazaran así, que nos dijeran que ya nos querían después de conocernos apenas unas horas, que ya estaban esperando que volviéramos pronto. Ese cariño tan genuino, tan inmediato, fue lo que más me marcó de todo el día.

De esta experiencia me llevo dos aprendizajes que trato de recordar todos los días: valorar más lo que tengo, y pensar un poco más en los demás antes que en mí mismo. A veces basta con regalar unas horas y un poco de atención para dejar huella en la vida de alguien, y para que esa persona, sin proponérselo, deje una huella todavía más grande en la tuya.

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