Todo comenzó un 23 de marzo de 2026, cuando me encontraba en clase y recibí un correo electrónico que cambiaría mis planes para las siguientes semanas. Me preguntaban si tenía disponibilidad para viajar a Lima, dos semanas después, con el objetivo de participar en una dinámica grupal en sus oficinas.
La decisión no fue sencilla. Apenas estábamos comenzando el ciclo y la fecha coincidía con un partido de FEDUP con la selección de vóley, además de una práctica del curso de Gestión Financiera. Tenía que decidir entre mantener mis compromisos habituales o tomar una oportunidad que podía significar algo diferente para mí.
Antes de tomar una decisión, hablé con mis papás para saber si teníamos la posibilidad de solventar el viaje. Su respuesta fue un sí, pero lo que más recuerdo fueron sus palabras: “Toda experiencia es valiosa”.
Y con esa frase decidí apostar por la experiencia.
Al final, viajé, súper emocionado, pero también con muchos nervios. Antes de partir, tuve una conversación profunda con mi hermana, quien me decía que no pasaba nada si finalmente no lograba entrar. Sin embargo, soy muy exigente conmigo mismo y no podía quedarme tranquilo. Ese mismo día me puse a estudiar y repasé los puntos más importantes que podrían evaluar.
Finalmente, llegó el día. Me levanté con un gran ánimo y hablé con mis hermanos, quienes me dieron un consejo que hasta hoy recuerdo: “Sé tú mismo, eres muy capaz. No trates de aparentar nada, no busques abarcar toda la atención, respeta los momentos y trata de que todos interactúen”.
Al inicio, nos explicaron los diferentes puestos disponibles, lo que se esperaba de cada uno y la ideología de la empresa. Luego nos plantearon un caso relacionado con una problemática empresarial y nos pidieron proponer una solución. Primero debíamos resolverlo individualmente y, posteriormente, compartir nuestras propuestas con el grupo.
Durante la resolución individual, solo tenía una idea en mente: “hay que tratar de salir de lo común”. Eso fue precisamente lo que busqué. Intenté plantear una propuesta diferente, que pudiera aportar una perspectiva distinta al problema, y creo que ahí estuvo mi diferencial.
Cuando llegó el momento de la dinámica grupal, algunos buscaban tomar rápidamente la palabra y abarcar la conversación. Yo decidí seguir el consejo de mis hermanos: esperar mi momento, escuchar y aportar cuando realmente tuviera algo que decir. Cuando intervenía, buscaba que mis opiniones estuvieran fundamentadas y, sobre todo, trataba de conectar mis ideas con lo que los demás habían planteado.
Al final, entendí que no siempre se trata de ser quien más habla o quien busca llamar más la atención. También se trata de saber escuchar, encontrar el momento adecuado para aportar y hacer que tu aporte sume al de los demás. Y, para mí, esa fue una de las primeras grandes lecciones que me dejó esta experiencia.






